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El uso de psicofármacos en niños ha crecido de modo alarmante: El diagnóstico de niños hiperactivos e inatentos ha aumentado en un 9.000% en 7 años en Inglaterra, por ejemplo. La fabricación de anfetaminas ha pasado de 2 a 16 toneladas en 7 años y ya hay un mercado de anfetaminas en los colegios. Europa calcula que el 70% de los psicofármacos administrados no han sido previamente ensayados en niños, lo cual implica la posibilidad de efectos secundarios imprevisibles. Los laboratorios farmacéuticos tienen un claro interés económico en medicalizar los problemas de la vida, y ahora ya existe un enfermo para cada fármaco.
Ya no es raro que los niños y adolescentes se vean abocados al consumo de “psicodrogas” para superar dificultades evolutivas comunes, que ahora son catalogadas de “transtornos de la conducta”. Esa supuesta sintomatología se obtiene diagnosticando como patológica la normal necesidad del niño de atención, movimiento, juego y habla. Los niños no pueden ser silenciados y paralizados sino a costa de su desarrollo físico, emocional e intelectual. Aunque al principio los psicofármacos funcionan aparentemente bien, tapando los “molestos síntomas”, a largo plazo reducen la inquietud y creación intelectual, generan bloqueo emocional y, en definitiva, disminuyen la necesidad y las ganas de vivir lo cual, en algunos casos, les lleva al suicidio o al asesinato en momentos de abstinencia o lucidez. Resulta llamativo que, considerando el extraordinario aumento no sólo del uso de psicofármacos en niños y adolescentes, sino también del incremento de conductas suicidas en esa población en los últimos veinte años, y la proliferación de toda una gama de transtornos asociados a la salud mental, Europa no investigue, se posicione, informe a la sociedad civil y tienda puentes a las diversas organizaciones relacionadas con esa problemática a fin de profundizar en la raíz del problema y hallar soluciones. Las instituciones europeas desoyen las demandas de infinidad de organizaciones y profesionales de la salud y la educación que vienen exigiendo un estudio profundo de este fenómeno. Las instituciones europeas incumplen, por ejemplo, leyes que ellos mismos firmaron en las que se insta a informar claramente, cuando se recetan este tipo de medicinas, de los efectos adversos que presenta su utilización. Resulta sorprendente que cualquier europeo pueda citar ya casos próximos en su familia y entorno de niños medicados por prescripción facultativa con algún psicofármaco y que por el contrario, no existan estudios serios promovidos por la UE que expongan fidedignamente las consecuencias adversas de tales prácticas. Resulta asombroso que la violencia escolar se haya convertido en una de las preocupaciones centrales, que el uso de psicofármacos se utilice como “medida preventiva” de esa violencia y que, sin embargo, en la mayoría de los casos más estridentes de esas explosiones violentas, el consumo de psicofármacos tanto en agresores como en agredidos sea un denominador común. Es igualmente extraño, que la sobreexigencia y la presión que los adultos ejercen sobre los niños estén detrás de muchos de sus “comportamientos disruptivos” y que nadie se pregunte a qué responden y en cambio se les lance directamente el yugo de la medicalización y la culpa. El consumo de drogas tantas veces usado para aniquilar la fuerza transformadora de las generaciones jóvenes, se ha institucionalizado a través de la popularización del uso de psicofármacos y diagnósticos que no dejan espacios para preguntarse en qué condiciones vive ese niño, o qué aprende en la escuela, o a qué sistema de relaciones hipócritas y violentas se ve sometido en la familia y el medio. Los niños no sólo son el escalón más indefenso de la sociedad, sino también el más sensible. Los conflictos que ellos muestran traducen con precisión la violencia, la contradicción y la enfermedad social que les rodea, que nos rodea. Tapar con psicofármacos sus “síntomas” sin reflexionar sobre la violencia familiar, la frustración continua de una sociedad que pierde el espíritu corriendo tras el dinero es de ciegos. Cerrar los ojos ante los modelos violentos que llenan nuestro mundo mientras pretendemos acallar el grito infantil con píldoras es de locos. Dejar que siga degradándose la educación perdiendo los profesores la esperanza de modelar nuevas generaciones sembrando en los niños lo mejor del alma humana, mientras multinacionales del medicamento abren mercado en las aulas es dejar el camino abierto al absurdo y a la violencia. Es necesario y urgente reflexionar y, además, tomar medidas. Los niños no son un colectivo de enfermos potenciales sino una parte de nosotros mismos como conjunto humano. La infancia reclama atención y una mirada humana y nos plantea la necesidad evidente de dar coherencia a nuestras vidas y a la sociedad. • Reclamamos mecanismos de control para evitar la sistematización de los tratamientos con psicofármacos en niños y adolescentes. • Exigimos vigilancia exhaustiva de las tácticas de la industria farmacéutica para abrirse mercado y expandir su red de traficantes institucionalizados. • Alentamos un amplio debate público sobre este conflicto implicando no sólo a profesionales de la salud o la educación sino a padres, organizaciones sociales y políticas, etcétera, sacándolo del ocultamiento interesado en que ha sido mantenido, de modo que las reflexiones que deriven de él aclaren los caminos de cambio que necesitamos recorrer. |